
1. Con lo que me gustan a mí los balcones y las ventanas, casi sólo por ver éste, mereció la pena el viaje a Castellote de Semana Santa. Castellote es un pueblo de Teruel con un bolero y una sede de Dinópolis que se llama el Bosque Pétreo. Lástima que a un nombre tan sugerente no le corresponda un contenido, ni siquiera plúmbeo, por hacer un ripio asonante. El museo? es un cajón de hormigón vacío. Hasta a la chica que explicaba? cosas? se le notaba que le daba apuro darnos paso a la sala de huesos de cartón piedra, alguna foto y doce muestras de árboles fosilizados.
Menos mal que el pueblo es bonito y había un cielo de tormenta de primavera que estalló cuando estábamos a punto de coronar el castillo. Y a los niños, lo de chipiarse y verme descender con tacones por los cantos rodados y mojados les pareció mil veces más divertido/entretenido que doce parques temático-instructivos juntos.
Ni que decir tiene que en el delectare, llevaban el docere: nunca emprendas una ascensión con zapato de tacón.
Además, salió el arcoriris.
2. Voy a hacer las maletas para pasar tres días en Roma. Mi amigo Toni me dijo el otro día: "Tu hija debe de estar ilusionadísima por ir a Roma". Su afirmación me llevó a la reflexión y en diez segundos estuve en condiciones de responder. Pues mira, no, en concreto, mi hija está ilusionadísima por viajar en jueves y viernes, perderse el examen de sociales y tal. Pero lo de Roma... pues, como si fuera Botorrita. Teniendo en cuenta que a los nueve años ha estado en París, Estambul, Rodas, Sirmione, Verona, Creta... y media España, ¿qué le viene a ella de ir a Roma? Si es que lo que se gana en abundancia, se pierde en ilusión.
Cuando yo era pequeña y de pueblo, pueblo, había una rima infantil de escoger quién la paraba; se salvaba el que hubiera estado en un sitio al que no hubieran ido los demás. Mi prima Tati tenía asegurada de forma permanente la salvación y eso que su palabra mágica era Torredembarra (Tarragona). Yo tenía mis sitios exóticos, no crean, por ejemplo, el Monasterio de Piedra, pero como también tenía una hermana y nuestros padres tenían por costumbre veranear con ambas, pues ya no podía ser la única. Me dicen a mí a los nueve años, Roma y avión, escondo a mi hermana en el granero y no la vuelvo a pagar ni a tulallevas ni a escondicos ni a nada de nada hasta que no acabe la EGB.